PADRE

PADRE

Por: Alvaro Vanegas

 

Gonzalo reaccionó de la peor manera cuando Julián, su hijo, decidió por fin confesarle que era gay, algo que Gonzalo, en realidad, sospechaba desde hacía años. Pilar, su esposa, lo tomó con una naturalidad que enfureció aún más a Gonzalo. Las palabras altisonantes que salieron de su boca sorprendieron a Pilar y Julián, pero en especial, lo sorprendieron a él mismo. ¿De dónde salía tanto odio hacia los homosexuales? Él, que se preciaba de ser una persona tolerante –¿acaso no se había masturbado mil veces viendo pornografía lésbica?–, y que jamás había dado la más mínima muestra de homofobia, de eso estaba seguro… casi. Porque claro, expresiones como «maricón», «loca», o, la peor todas, «cacorro», habían sido parte de su vocabulario desde que podía recordar, y eso, tenía que admitirlo, no era muestra de una tolerancia ejemplar. Ahora, mientras soltaba frases del calibre de «yo no crie a un hijo para que se dejara dar por el culo», podía percibir con claridad como su cuerpo se envenenaba y cómo, en especial, hacía añicos el corazón de su hijo. Pero no podía detenerse, era como si alguna fuerza externa se hubiera apoderado de su mente y hablara en su nombre.

Pilar, después de hacer lo que estaba a su alcance para calmarlo, salió del apartamento cuando por un momento pareció que Gonzalo estuvo a punto de golpearla. La expresión de absoluta decepción en su rostro fue lo último que Gonzalo vio de su esposa, y fue lo último que recordó antes de morir. Tal vez por solidaridad, pero también huyendo del energúmeno Gonzalo, Julián salió detrás de ella, dejando atrás a Ramona, la Beagle de poco más de un año, quien lucía confundida y ladraba de vez en cuando. Gonzalo, al verse solo en el apartamento, descargó su frustración en los platos de cerámica en la cocina y luego, incapaz de contenerse, en su propio SmartTV de 55 pulgadas comprado a crédito solo tres semanas atrás. Ramona, asustada, se escondió bajo la cama de Julián, su lugar favorito de la casa.

En cuanto se sintió menos fúrico y francamente agotado, la rabia de Gonzalo dio paso a la autocompasión y el resentimiento pues, estaba claro, todo lo que había sucedido era culpa de su hijo, el maricón, el muerdealmohadas, el que por alguna razón disfrutaba del sexo con otros hombres. Qué asco, pensó, mientras observaba a Ramona acercarse con cautela.

Pasó varias horas sentado en la sala, con Ramona en las piernas, mirando el techo, rememorando incansablemente cada acontecimiento desde de la confesión de su hijo. Para cuando Julián volvió, Gonzalo se sentía como un perfecto imbécil, arrepentido hasta los huesos. Abrazó a su hijo sin decir nada. Gonzalo se dejó abrazar y también guardó silencio. Luego se miraron a los ojos. Solo hasta ese momento, Gonzalo notó que Julián los tenía inflamados y tenía varias manchas de sangre, ¿sangre?, en su cara y su ropa.

—¿Qué pasó?, ¿dónde está tu mamá? —preguntó, de repente presa del pánico.

—Está muerta —contestó Julián y rompió a llorar. En medio del llanto describió cómo, luego de que la cabeza de Pilar se empezara a sacudir con fuerza, un policía le había asestado varios tiros en la cabeza, el pecho y el estómago. Gonzalo sintió que algo subía desde su estómago y se instalaba en su garganta, impidiendo que gritara, llorara o por lo menos respirara. Perdió el conocimiento.

Despertó varias horas después para encontrarse con que el parqueadero del conjunto residencial estaba poblado por dementes asesinos. Pocos días después, cuando ya la comida estaba a punto de terminar, al igual que su paciencia, y a pesar de la resistencia de Julián, tomaría la peor decisión de su vida: intentar abrirse paso a tiros entre una multitud de monstruos carnívoros. Ni siquiera era bueno disparando y en más de una ocasión se había preguntado para qué carajos había comprado esa arma.

Usó sus últimos segundos de vida para apreciar el silencio que habitaba en su interior desde que se había enterado de la muerte de su esposa, y entonces lanzó un último grito que ya no tenía nada que ver con la muerte llena de dientes que lo devoraba, solo era un clamor, un intento desesperado porque su esposa, donde fuera que estuviera, lo perdonara.

 

FE

febrero 3, 2021

AZUL

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