AZUL

AZUL

Por: Alvaro Vanegas

 

Todos los días, en la mañana, camina los dos kilómetros que separan su refugio nocturno (un hoyo lateral dentro de un montículo, cuya entrada está cubierta por césped), de la tienda de doña Gladys, quien lo recibe con una sonrisa, lo saluda con entusiasmo, «¡Hola, bola de pelos!», le acaricia el lomo y le da algo de comer. Siempre algo diferente, y siempre, siempre delicioso. El día anterior se deleitó con un arroz con pollo y ahora, mientras camina con la decisión que lo caracteriza, el recuerdo de ese arroz inunda de saliva su hocico. Llega con la lengua afuera por el sudor y esa expresión sonriente que solo un perro puede tener; moviendo la cola de un lado a otro, anticipando su encuentro con Gladys; pero sobre todo, llega con hambre, mucha hambre. La noche anterior no fue fácil, tuvo que huir de un grupo de adolescentes cuyas intenciones no terminó de entender, de un hombre viejo que quería golpearlo con su bastón, y no pudo evitar recibir una patada de parte de un guardia de seguridad que lo descubrió hurgando en la basura de un conjunto residencial. El costado izquierdo aún le palpita a causa de esa patada, pero ni siquiera ese dolor lo ha hecho olvidar de la imperante necesidad de comer, pues, como sucede frecuentemente, tuvo que refugiarse sin probar bocado desde la mañana. A veces, cuando tiene suerte, alguna rata incauta se atreve a invadir su apretada vivienda para luego convertirse en su cena, pero eso casi nunca sucede.

Gladys siempre está de pie tras el mostrador, pero en esta ocasión lo que encuentra es a dos hombres comiendo y hablando animados. Uno de ellos lo mira, le tira un trozo de empanada que se esparce en el suelo antes de que él pueda atraparla y luego le espeta algo que él ya conoce de memoria: ¡Chite!  Su experiencia como perro de la calle le dicta que lo mejor, después de escuchar eso, es alejarse, pero en esta ocasión, su instinto no se lo permite. A pesar de las quejas de los comedores de empanada, se abre paso y husmea un poco, en parte buscando a Gladys, en parte anhelando alimento. Sobrepasa un portal, detrás del mostrador, que hasta ese día estuvo prohibido y entonces la ve. Gladys está sentada en el suelo, con expresión agotada y el cuerpo encogido. Al perro no le gusta aquella postura de su cuerpo, pero se acerca para investigar. Gladys levanta la mirada y le sonríe. ¡Hola, bola de pelos!, ¿hueles eso?, susurra antes de sacudir su cabeza y levantarse furiosa. El gruñido que sale de la boca de la mujer lo pone en guardia, pero Gladys se ha olvidado de él y camina hacia la tienda. De un salto, sortea el mostrador para atacar a los comedores de empanadas. El perro observa con curiosidad y luego, cuando gracias al forcejeo la bandeja repleta de empandas cae el suelo, se da un banquete que hubiera envidiado cualquiera de sus semejantes.

Ahíto, pasa por encima del cadáver inmóvil y desmembrado del que le había dicho ¡Chite! y se acerca a Gladys para agradecerle con su clásico lengüetazo en la cara, pero ella está demasiado ocupada masticando y apenas si le dedica una mirada indiferente.

Sale de la tienda sin tener claro qué debe hacer a continuación, pero eso no es nuevo para él, siempre está improvisando, así que camina hacia cualquier lado.

Algunos humanos se comportan de manera muy extraña, pero eso tampoco es algo nuevo para él, ellos siempre se las arreglan para sorprenderlo, y casi nunca para bien.

En cierta esquina ve a un hombre a punto de ser atacado por alguien que parece ser todo dientes, y decide –tal vez porque aquel hombre huele bien, a lo que huele la gente amable, como Gladys; o tal vez simplemente llevado por su instinto, que nunca le ha fallado– que lo va a defender. Y lo hace, con todo lo que su cuerpo de perro y su quijada fuerte le permiten. Luego ese hombre lo abraza y empieza a llamarlo Azul. Él acepta ese abrazo y se siente feliz con ese nombre, le gusta cómo suena.

 

 

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